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Autor: Bustamante Bermúdez, Gerardo En Óyeme con los ojos. De sor Juana al siglo xxi, de Patricia Rosas Lopátegui, Nuevo León, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010, pag.188-193 Marzo de 2009
Silvia Molina es una de esas escritoras a las que los reconocimientos le han llegado a tiempo, incluso desde que comenzó su carrera literaria con La mañana debe seguir gris (1977), novela que le valió el Premio Xavier Villaurrutia; reconocimiento que en un primer momento la alarmó, pues apenas estaba despegando como escritora. Silvia Molina es una mujer elegante y culta. Tiene múltiples ocupaciones a lo largo del día. Me pregunto de dónde saca el tiempo para cumplir sus compromisos laborales, escribir, estar pendiente de su familia y todavía darse el tiempo para conceder entrevistas. Decido preguntarle por su infancia.
—Mi niñez no estuvo marcada por el dolor ni por cualquier otro aspecto traumático. Puedo decir que fue normal. No conocí a mi padre, así que fueron mis hermanos los que de alguna manera hicieron esa función. Esta ausencia paterna me llevó a escribir Imagen de Héctor (1990). —Dice Jorge Luis Borges en una entrevista que finalmente toda la literatura es autobiográfica. ¿Está de acuerdo con esta apreciación? —Es verdad porque lo que el escritor hace en la literatura es transformar el mundo que conoce, ya sea por experiencia propia o por la experiencia del que está junto a él. Cuando yo escribo parto de un modelo real y es entonces cuando ya viene el proceso de imaginación. Vas construyendo a los personajes de fragmentos de varias personas que conoces. En mi literatura hay personajes femeninos que hablan en primera persona y por eso hay una tendencia a pensar que mi narrativa es autobiográfica, pero no, es una reinvención de la realidad y de mí misma, pero como un todo. —Le hacía esta pregunta porque La mañana debe seguir gris es una novela narrada en primera persona y habla del amor, del viaje, la nostalgia y la muerte del hombre amado por la protagonista. —La mañana debe seguir gris, como muchas otras que escribí, tiene varias cosas mías. Yo viví en Londres, en París, en Bélgica. En esta novela hay una reinvención. Mira, en una ocasión hicieron la novela en audiolibro y yo pedí que la retiraran de la circulación porque en la lista de personajes a la narradora le pusieron Silvia Molina, como si yo fuera el personaje. Lo que pasa es que en la novela el personaje no tiene nombre... La verdadera historia con José Carlos Becerra no tiene nada que ver con lo que aparece en la novela, cuando menos a partir de la mitad. En mi novela puede haber coincidencias entre la protagonista y yo, pero no soy ese personaje y los hechos fueron distintos. —En esta novela, como en varias otras, usted menciona a personajes reales de la vida cultural del país: Hugo Gutiérrez Vega, Octavio Paz, José Carlos Becerra y varios más. —Cuando estaba escribiendo la novela, los personajes no tenían un nombre propio. Escribí la novela en un taller que dirigía Elena Poniatowska. Ella me dijo: “Todo mundo va a saber de quién se trata”. Yo era demasiado joven e ingenua y no sabía quién era “todo mundo”, pues los lectores en México son muy pocos, pero pensé que Elena tenía razón. Entonces decidí ponerles los nombres reales como un homenaje a la gente con la que conviví en Inglaterra, como es el caso de Hugo Gutiérrez Vega y su esposa, a quienes quiero mucho. Pero surgió un problema con la historia porque al dejarles los nombres, la gente que conocía a los personajes y la forma en la que José Carlos Becerra había muerto iba a saber en qué terminaba la novela. Por eso, la novela abre con una especie de diario que es totalmente ficticio y está construido a partir de una investigación de hemeroteca. Ese diario recoge información de la vida cotidiana del momento. Me aventuré a decirle al lector a través del diario: “Así comienza y termina la novela, si quiere saber más sobre la historia, continúe leyendo”. Creo que tuvo buen efecto. —Su primera novela, así como la más reciente titulada En silencio, la lluvia tratan sobre personajes femeninos que salen del núcleo familiar tradicionalista donde se privilegia el matrimonio y la maternidad como fuente de realización femenina. —Sí. Quizá porque fue por el momento que a mí me tocó vivir. En mi época la mujer ya comenzaba a ser diferente. Las mujeres de ahora, por ejemplo, ya no usa “medias”. En mi época era parte todavía del vestuario. Yo creo que a partir del 68 comenzaron a cambiar las cosas para la mujer. Algunos de mis personajes son mujeres que intentan un desarrollo dentro de una sociedad que las limita. Le pregunto a Silvia Molina sobre su novela histórica Ascensión Tun. Sé que su padre, don Héctor Pérez Martínez, diputado, gobernador de Campeche y secretario de Gobernación fue uno de los historiadores más importantes del periodo de la “guerra de castas”. Esta novela ha sido emparentada por la crítica con Oficio de tinieblas de Rosario Castellanos. —Esa novela surgió a partir de la revisión de la biblioteca de mi padre, que tenía una colección muy importante de libros sobre la península de Yucatán. Yo descubrí ahí el tema de la guerra de castas y me impresionó. Leí libros, documentos y periódicos de la época. Yo decía: “Esta es una guerra muy larga y muy cruenta y a mí no me la enseñaron en la escuela”. En mi época no venía siquiera en los libros de texto, no era parte de la historia de México, pues ni siquiera se le nombraba. Escribí esta novela para recuperar ese episodio, a la vez que unas raíces que yo no disfruté... Es parte de mi historia, parte de Campeche. Con esta obra descubrí la esencia de este episodio, sus olores, su política. Esta novela es un homenaje a Campeche a la vez que la búsqueda de mis raíces. En ese sentido el personaje de La huérfana de San Román soy yo porque a mí se me ocurrió esa novela estando en ese parque donde hay una escultura de mi padre. Yo estaba haciendo una investigación de campo sobre mi papá porque quería hacer mi tesis de licenciatura sobre dos novelas de él. Toda la gente sabía quién era mi papá, pero no sabían que yo era su hija. Todo mundo sabía quién había sido mi abuelita, mi padre, pero no me conocían porque mi mamá nunca quiso regresar a Campeche. En ese sentido pensé en La huérfana de San Román. —La familia vino del norte es una novela narrada por Dorotea Leyva, nieta de Doroteo Leyva. Esta mujer reconstruye la historia revolucionaria, las trampas y enigmas del poder político en México. —Sí. Fíjate que yo soy nieta de la revolución, fui de los que crecimos con la idea de que la revolución somos todos. Mi madre, que era sonorense, tuvo tres hermanos revolucionarios; eran generales de división. A mí me era muy familiar todo esto de la revolución porque yo lo vivía de una manera cotidiana. —¿Cómo se llamaban sus tíos revolucionarios? —Juan, Manuel y Jesús Celis. Es curioso porque los tres salieron muy jovencitos a la revolución. Álvaro Obregón les decía “mis chamacos”, "mis muchachitos". Los tres sobrevivieron a todas las batallas. En la casa de mi abuela había fotografías de los grandes personajes de la revolución. Había fotografías donde un tío estaba con Eugenio Martínez, otro con Álvaro Obregón, otro con Calles. Yo había visto todas esas fotografías en la casa de mi abuelita antes de verlas en los libros de texto. Mi novela es el resultado de una protesta en la que digo: “No es verdad que la revolución somos todos”. Es como el 68 para los jóvenes. La familia vino del norte es una metáfora de la familia revolucionaria que vino a instalarse a la Ciudad de México. La novela comienza con una escena en la que el general está moribundo y lo mantienen con vida “a fuerzas”. Para mí esta escena es una metáfora sobre la revolución que estaba con vida artificial. —En esta novela hay dos historias paralelas, una es la reconstrucción familiar y otra es la relación amorosa entre la protagonista y Manuel. —Cuando yo escribí la historia venía la fecha del Corpus. Escogí el nombre de Manuel por la tradición de “las mulas”. Lo que hace Manuel es que le roba la historia a Dorotea para publicarla. Dorotea se siente ultrajada por el plagio. —Claro, además es una forma de quitarle su historia familiar ¿no? —Exactamente. Como respuesta a eso, ella escribe su propia historia. Cuando comencé a escribir esta novela, me preguntaba, ¿cómo se cuenta una historia de la revolución mexicana? Mi preocupación era hacerla contemporánea, por eso es que Dorotea le cuenta a Manuel la historia. Yo no quería hacer una historia aburrida cuando el tema ya es lejano para mucha gente. —Dorotea Leyva es también una joven universitaria que abandona el seno familiar por parecerle demasiado hostil. —Sí. Todas mis novelas tienen eso. Mis personajes constantemente andan en una búsqueda de identidad y eso sí no me lo puedo quitar de encima. Lo que buscan mis personajes femeninos es la libertad y desarrollo personal. —En México hay una tradición literaria que recurre a la ficcionalización de acontecimientos históricos. ¿Qué relación tiene La familia vino del norte con obras como Los relámpagos de agosto o La sombra del caudillo que son dos obras mencionadas dentro de la novela? —Cuando yo estaba escribiendo la novela fueron mis dos libros de cabecera. La sombra del caudillo me parece una de las mejores novelas sobre la revolución porque te da la profundidad de la problemática y de las rencillas que se crean. Los relámpagos de agosto me despertó siempre una gran alegría y una forma de admiración porque cuenta la historia de la revolución como una sátira. —Dicen que me case yo es un libro de 18 relatos donde aparecen personajes infantiles, adolescentes o mujeres casadas, pero también se ocupa de otros asuntos como es el caso de la creación literaria en textos como “Confieso” que surge a partir de un epígrafe de Salvador Elizondo. —Yo acababa de leer a Salvador Elizondo y ese cuento tiene mucha influencia de Elizondo. Dicen que me case yo efectivamente aborda diferentes problemáticas humanas como bien lo señalas. Son personajes de distintas edades. —Un hombre cerca es un libro de siete cuentos cuyos temas son la soledad, el tedio, la infidelidad conyugal. Vemos que los personajes femeninos tienen cierta posición económica y cultural, como en los casos de los personajes de la escritora y la compositora. En este libro vemos una unidad en cuanto a los temas que rodean a los personajes. —Este libro nació a partir de la idea de escribir un guión y no un libro de cuentos. Alejandra Islas fue a verme en una ocasión para decirme que querían adaptar un cuento mío para la televisión y que ella quería hacer el guión. Yo había tenido una experiencia bastante desagradable con la adaptación de La mañana debe seguir gris, que no se iba a rodar en Inglaterra, sino en Xalapa porque el clima es parecido. Lo que crea la tensión en el libro es que la protagonista no se puede regresar a su país. De Xalapa tú te regresas hasta pidiendo aventón. No tenía sentido que se hiciera una película en otro espacio al que requería la historia. Entonces yo le pregunté a Alejandra cuál era el tema y me dijo que el erotismo en la Ciudad de México. Entonces fueron naciendo esos cuentos. —En Muchacha en azul el personaje también es una joven a la que mandan a estudiar a Europa. Salir de su núcleo la aleja de la experiencia del sometimiento en el que vive la madre del personaje. —Mira, yo viví también en París y esta novela surgió porque yo tenía en esa época la beca del fonca. Ya había concluido el periodo de la beca y decidí que no la iba a renovar porque no tenía ningún tema. Pero en ese momento habló a mi casa un geólogo suizo que es amigo de mi esposo, quien también es geólogo. Este suizo trabajó en África y vivió de niño en México con su padre médico. Cuando regresó a Europa estudió geología y lo mandaron a África a buscar diamantes y otro tipo de piedras preciosas. Él me había contado su experiencia en África, incluyendo la relación amorosa que llevó con una negra. Para la novela decidí que como él se estableció en México, conociera en París a la mujer a la que le cuenta su historia en México veinte años después. —El amor que me juraste, toma su título de una canción popular para contar la historia de Marcela, una mujer que debe superar una historia amorosa. —Esta novela también es una historia de traiciones. Ella se va al Golfo de México porque su esposo está demasiado ocupado y no le pone atención. Es una novela sobre la traición o la infidelidad. Ese viaje es una manera de reflexionar sobre el pasado y el porvenir de esta mujer. —Maestra, usted ha incursionado en la literatura infantil en textos como Mi familia y la Bella Durmiente cien años después o El diario de Sofía. —Tengo muchos libros de literatura infantil. Debo tener como veinte libros o más. Empecé a escribir para niños libros de recreación de leyendas prehispánicas. Yo estudié antropología y luego hice una maestría enfocada en literatura prehispánica. Cuando yo leí todo ese tipo de literatura, decía: ¿cómo no nos enseñan estas cosas en la escuela? En una ocasión vino una ilustradora para pedirme textos para niños. Yo había adaptado textos para mis hijas —Silvia Verónica y Claudia—, pero no había escrito literatura infantil. Fue como comencé a escribir literatura infantil. Fui directora de una editorial infantil en una época en la que nadie quería escribir para niños. Estaba mal visto porque lo veían como un subgénero. Un día empecé a escribir creación para niños y me di cuenta que es un reto porque sabes a qué tipo de público y edades te estás dirigiendo. Escribir para adultos es distinto porque no sabes quién te va a leer ni qué edad tienen los lectores. A partir de ahí formé incluso a ilustradores y autores infantiles. Logré una colección de literatura infantil que abrió un espacio para escritores que siguen escribiendo para niños y jóvenes. —Y de su generación, ¿qué escritores escriben para niños? —David Martín del Campo, Aline Pettersson, Juan Villoro… Actualmente hay seminarios y talleres de literatura infantil, antes no había nada de eso. Ahora las grandes editoriales españolas han impulsado a los escritores para que escriban para niños. Si tú le das a un niño textos para su edad, ese niño será un muy buen lector. En mi generación, la literatura era cosa seria que comenzaba con los clásicos. En ese sentido el mundo editorial ha crecido mucho. —En su novela, En silencio, la lluvia, su protagonista escribe, traduce e interpreta la vida de dos mujeres: una beguina del siglo XVI e Irene. —Sí. Escribe todo el tiempo. Toda la novela es una carta a un hermano que está en la cárcel. La protagonista es investigadora de arte y se va a Bélgica para hacer una tesis sobre la influencia de la pintura flamenca en la Nueva España. Hice esa novela porque yo acababa de regresar de un país que me cautivó por su gente, su paisaje, la cantidad de parques y bosques. Los habitantes de Bélgica tienen una conciencia sobre la preservación del ambiente. Cuando renté el departamento en el que iba a vivir, me hicieron un inventario del lugar y pensé que eso debería hacer una pareja cuando se casa y hacer un inventario también cuando hay una ruptura para calcular los daños. Un día decidí escribir estas historias, junto con la de las beguinas. —En esta obra el personaje principal hace una reivindicación de la vida de Catharina de Lovaina. —Hace poco un escritor flamenco se puso en contacto conmigo para proponerme la traducción. Me solicitaba la bibliografía de esta beguina y yo le contesté que no había tal, que yo la había inventado. Las beguinas son mujeres del siglo xiii al xx, que sin ser monjas vivían con ciertas reglas en grupo. Tenían sus propiedades, hacían bordados, cerveza, cuidaban enfermos y niños. No tenían ningún tipo de voto, ni de castidad ni de obediencia ni de pobreza. —Y esta mujer del siglo xvi tiene varias coincidencias en cuanto a experiencias genéricas con el personaje de Irene, la mujer colombiana que conoce a la protagonista en Bélgica. —Sí, claro. Yo me preguntaba cómo es que se habían enamorado las beguinas, entonces comparo esta experiencia amorosa con la de Irene. En todos los tiempos se sufre igual, te traicionan igual, se olvidan de ti igual. La experiencia es más o menos la misma. En esta novela hay tres historias que se cruzan y tienen mucho en común a pesar de que se viven en tiempos y culturas distintas. —¿Maestra, qué proyecto está trabajando actualmente como creadora? —Estoy haciendo literatura para niños. |